La OEA y su canto de cisne

jul 06, 2010 Sin comentarios por
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Eduardo Toche

Una mirada crítica al papel de la OEA en los grandes temas contingentes de la región y en particular lo referido a los asuntos de la paz, la cooperación y el desarrollo, en momentos que la región sufre un cierto dinamismo agresivo.

Entre el 6 y 8 de junio se llevará a cabo en Lima, el cuadragésimo período ordinario de sesiones de la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos OEA. La declaración final de dicho evento, está referida a la paz, seguridad y cooperación en las Américas.

Al respecto, son varios aspectos que los objetivos de la reunión invitan a reflexionar y debatir. Para empezar, debe remarcarse la profunda crisis del sistema hemisférico que aún está bajo la conducción de OEA. En efecto, siempre fue debatible la eficacia de los mandatos que emanan desde esta instancia, más aun cuando debió cumplir roles protagónicos luego de haberse consensuado, a fines de los años 80, un modelo continental sobre la base del libre mercado y la consolidación de la democracia. No olvidemos el gran impulso que se dio a la política multilateral, vista entonces como el mecanismo idóneo para alinear a los países del continente.

En esa línea, debe traerse a colación los sentidos que adquirió la política hemisférica cuando debió reorientar sus mecanismos de defensa y seguridad, en tanto la definición de campos que había propiciado al Guerra Fría dejó de existir. A partir de ese momento, bajo el criterio de que “las democracias no se hacen la guerra” y al considerar que había desaparecido la amenaza mayor –“el comunismo internacional”- se asumió que podía liberarse recursos que se habían destinado a la defensa y seguridad para aplicarlos a las tareas del desarrollo, dejando provisiones para prevenir y eventualmente enfrentar amenazas tales como el narcotráfico, el crimen organizado, entre otros.

Estas tendencias cambiaron radicalmente, como se recuerda, luego de setiembre del 2001. La vaga definición de “terrorismo” que el entonces presidente Bush dio como argumento para definir al “nuevo enemigo”, orientó los sentidos de la seguridad hemisférica, lo que se plasmaría desde Bridgetown, en junio del 2002, hacia adelante.

Pero, habría que agregar que estos cambios empezaron a delinearse cuando el contexto latinoamericano operaba variaciones sustanciales. Los cada vez más evidentes límites mostrados por el modelo que se auspiciaba desde Washington, habían alimentado críticas para, luego, promover la instalación de gobiernos que intentan presentarse actualmente como alternativas ante la ausencia de resultados sociales, políticos y económicos del esquema imperante. De otro lado, el multilateralismo fue dejado paulatinamente de lado por la potencia hemisférica, dando espacio cada vez más amplios al bilateralismo, lo que se reflejó cuando dejó de impulsar el ALCA y optó por los TLC, reforzando así sus alianzas con los gobiernos aliados y tensiones con los regímenes considerados como “enemigos”.

Más aun, los pobres resultados obtenidos en las últimas décadas, también se reflejan en la órbita de la defensa y seguridad, en tanto se asumió que el ordenamiento neo liberal debía disminuir e incluso desaparecer las latencias conflictivas intrarregionales. No ha sido así y, por el contrario, la reapertura de tensiones entre países del continente e, incluso, otras de nuevo tipo han venido suscitándose en los últimos años.

Todo ello, condujo a reflexionar sobre la posibilidad de buscar nuevas formas de integración, que permitiera formar contextos más auspiciosos para hacer frente a la globalización. De esta manera, en la medida que las experiencias subregionales –como la CAN y MERCOSUR- manifestaron sus debilidades, emergió la posibilidad de integraciones más amplias. Así, empieza a plasmarse UNASUR, cuya novedad más importante radica en ser el primer intento al respecto, sin considerar a los Estados Unidos.

Dadas las cosas de esta manera, el texto preliminar de la Declaración de Lima vuelve a mostrar los problemas de siempre, es decir, la manifestación de voluntades que son acompañadas de escasos instrumentos para plasmarlas en realidades. Más aun, si bien en los considerandos se estima que la seguridad es un componente importante para el desarrollo, en la parte resolutiva no puede identificarse siquiera un punto que formule la manera como ambas dimensiones podrían integrarse.

De alguna forma, diera la impresión de que OEA no tomara en cuenta sus dificultades estructurales y asume que el escenario actual sólo es pasible de algunos ajustes, cuando en realidad no es así. Son muchos los países que declaran abiertamente su desafecto hacia la OEA, otros comunican a través de sus acciones la poca expectativa que les genera e, incluso, hay países miembros que simplemente no les interesa mucho la promoción de la multilateralidad.

Es cierto que la OEA ha intentado ser protagonista en algunas situaciones –por ejemplo, en las tensiones que se desataron entre Ecuador y Colombia- pero también es evidente que su rol ha sido esporádico y difícilmente se le podría identificar como un actor clave en las mismas.

En esa línea, no deja de ser loable el llamado para controlar armamentos, limitar las armas convencionales y evitar la proliferación de armas de destrucción en masa, en tanto estas acciones “permitirían dedicar un mayor número de recursos al desarrollo económico y social”. Sin embargo, hay una frontera entre el deseo y la realidad. La OEA sabe bastante bien de esto y, por tanto, lo interesante será saber cómo lo declarativo se va a expresar en un Plan de Acción que, de otro lado, no repita el pobre resultado de otros por el estilo. Es decir, la cuestión crucial está en el empoderamiento de la organización hemisférica y allí es donde se localizan las dudas mayores.

Ahora bien, hay al respecto otras aristas, igualmente problemáticas. Entre ellas, que no hay relación directa entre menos gasto militar y mejores índices socio-económicos. Pero la dificultad mayor reside en que una afirmación en ese sentido reafirma la premisa de que la defensa y la seguridad están reñidas con el desarrollo, cuando debieran ser componentes fundamentales de este último

Otra cuestión sería la indefinición de lo que el texto denomina “nuevas amenazas”. Al explicitarlas, puntualiza al “terrorismo” como una de ellas y, en efecto, es un peligro que cuando no se define con claridad se vuelve potencialmente un cliché que puede aplicarse a todo aquello que no comulga con nuestros objetivos. Valga para el caso los deslizamientos que otros instrumentos –como el Plan Estratégico del Comando Sur- hacen de este término, para finalmente asignárselo sutilmente a regímenes que desde la perspectiva de Washington son “antidemocráticos”.

Finalmente, el documento reafirma esa preocupante tendencia que busca diluir los ámbitos de la seguridad interior, seguridad exterior e, incluso, seguridad ciudadana para compactarlos en sólo gran paquete, lo cual propende a reafirmar la militarización del Estado. Un ejemplo de esto es la desconcertante inclusión de la corrupción como “amenaza”, no tanto por que no lo fuera sino porque está en el mismo plano que el terrorismo, narcotráfico y otros, que conduciría a suponer que no está vinculada a la reforma profunda del aparato estatal y el establecimiento de equilibrios entre poder económico y político, sino algo circunscrito al sector Defensa.

Incluso, no existe un discernimiento cabal entre las conflictividades internas y sus posibles prolongaciones hacia el exterior –como sería el caso de las guerrillas en Colombia o la instalación de empresas papeleras que distancian a Argentina y Uruguay- y las tensiones derivadas de las diferencias que mantienen algunos países respecto a delimitación territorial y otros problemas históricos.

En suma, la Declaración de Lima pareciera ser más de lo mismo: la voluntad de hacer las cosas bien y la poca capacidad de llevarlas a cabo. La decaída legitimidad de OEA potencia esta sensación.



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Eduardo Toche


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Investigador del Centro de Estudios y promoción del Desarrollo,DESCO,Lima,Perú
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